14.5.21

La publicidad es provocación. Cartel Copa Davis


La publicidad es esto que vemos en la imagen, tiene que ser esto pues la publicidad es cara. Por eso la publicidad es provocación. Busca que le prestemos atención, que yo hable de ella, que tú la leas, que se rompa la cadena de la calma y se muevan entrañas. Así que casi todo vale dentro del buen gusto pero cercano al límite. No hay otra si queremos rentabilizar la inversión.

Este cartel de la Copa Davis es una excelente idea aunque suena a grotesca y provocadora en el mundo de las ideas. El resultado ya ha sido testado con éxito, se habla de este cartel en la ciudad de Madrid y fuera de ella. 

La Agencia Kosmos que preside el futbolista Gerard Piqué sabe bien qué hay que hacer para llamar la atención. E incluso para explicarse pues sabe que se creará polémica en positivo y en negativo. Un trabajo entre la Agencia Kosmos y la Agencia Smäll que las pone en el mercado de la publicidad un peldaño más alto que hace una semana. Todos salen ganando.




13.5.21

Debemos gestionar la autocensura sin que nos censure


Decía el otro día un pensador y humorista de profesión, un moderno payaso serio, que en estos tiempos de auto censura no debemos hacer caso (para censurarnos) a los que se dice en el ambiente, sino al código civil y a tus propias convicciones morales y de convivencia. 

Y a partir de estas dos únicas bases de auto censura, adelante con todo lo demás.

Tiene razón, pues si vamos escuchando a los colectivos interesados, aunque muchos de ellos sean maravillosos colectivos, al final nadie podríamos decir nada de nada. O lo poco que se diría sería gris, apagado, soso. 

No se puede decir puta por las putas, pero tampoco por las mujeres, por los chulos o por los hijos de las putas. En cambio si dices puto la cosa cambia bastante. No se puede decir “chorrada” pero en cambio sí se puede decir “hasta los huevos” o “es una pijada”.

Mientras todo esto me mareaba —debe ser la edad— en la tele me ponían una cena de alta alcurnia en un país frío, donde las señoras acudían de trajes blancos y largos, carísimos y llenos de joyas, a cenar junto a hombres de negros mientras decenas de criados disfrazados de viejos les iban a servir comidas copiosas y caras. 

En la calle seguía habiendo personas pasando hambre y frío. Y esto no parece asustarnos nada de nada. Lo admitimos a costa de inventario. Han logrado convencernos de que lo importante es lo que no les afecta a ellos. A los de la cena.