25.4.21

Pandemia (28) ¿Será posible un futuro sin pasado? La alimentación y la tensión no resuelta


Cuando ya somos capaces de imaginarnos un futuro cercano donde la carne o el pescado con el que nos alimentemos será de laboratorio, tenderemos (tenderán más bien) a olvidar los pasados y sus sabores, como poco a poco hemos ido olvidando los olores. Los sentidos se verán afectados por este posible futuro novedoso donde seremos capaces de fabricar incluso gambas partiendo de células de otras gambas que nunca llegarán a ser gambas, aunque tengan al final la forma, el color y el sabor de gambas sin cáscara.

No será tampoco un trampantojo porque nadie nos va a engañar, como ya admitimos como falso y verdadero las palitos de cangrejo o las gulas, aunque en estos casos sí sea material animal pues se fabrican con puré de pescados triturados.

Pero hay ya varios motivos claros que nos obligan a tener que explorar estas inevitables producciones animales. 

Por una parte hay que reconocer que hemos esquilmado el mar y resulta cada vez más escaso lograr producciones de pescado para la enorme demanda que crece sin parar. No es sostenible crecer infinitamente en la producción ganadera con unos gastos en hierba o agua, en purines o desechos… insoportables.

Pero además hay un hecho preocupante. El aumento de la contaminación del mar hace que los peces cada vez tengan más mercurio o otros venenos que empiezan a preocupar, pues nos los estamos comiendo. 

El ser humano, nuestro cuerpo, no puede asimilar muchos de estos componentes tóxicos y se van quedando como contaminantes puntuales o permanentes en nuestro organismo. Unido a que los antibióticos para los animales hacen que indirectamente nos los estemos tomando todos nosotros sin control de casi ninguna autoridad sanitaria, incapaces de controlar bien la globalización en el consumo.

Urge pues paliar el hambre con productos asumibles por precio, limpios y posibles de crear o fabricar con facilidad y que contengan proteínas, sin ser de mercados cada vez más contaminados. Y que sean sostenibles en su creación. 

De momento la construcción o fabricación de carne o pescado en laboratorio es muy cara, pero sin duda estamos en la prehistoria de estos temas que supondrán una nueva forma de consumir alimentos. 

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En todos los siglos hemos asistido a la pérdida de algunos conceptos que existían con toda normalidad. Desde el papel de ciertos poderes como la Iglesia en viejos siglos, a conceptos como la libertad, el papel de la mujer, de las minorías, o las formas educacionales o laborales. 

Todo se mueve, todo cambia. Y con ello cambian las tecnologías, las herramientas, las formas de relacionarnos, la comunicación, el Arte o las Culturas.

Y eso supone siempre abandonar una buena parte de nuestros pasados, que se pierden hasta que alguien los recupera y guarda… y a veces se vuelven a utilizar minoritariamente. Se convierten en valores etnográficos o culturales que debemos preservar, aunque su uso sea testimonial.

Nada desaparece si antes no ha surgido algo nuevo que lo sustituya. 

Y en eso estamos ahora, en la aceleración del proceso de cambio, empujados por un frenazo y un cambio de punto de vista, empujada la sociedad por una pandemia global y muy larga en el tiempo

Faltan nuevas herramientas que sustituyan a las viejas, pero sin duda se irán asentando las nuevas formas, y veremos poco a poco como será la nueva dinámica de los trabajos y formaciones educacionales no asistenciales, que todavía debemos reformular, configurar de forma efectiva, pues ahora se han hecho intentos por la urgencia que nos empuja la enfermedad global, pero sin buscar la optimización y la calidad del nuevo servicio.

Pero se irán sentando bases válidas en varios campos de servicios, que se ampliarán y dependerán cada vez más de los resultados que se obtienen sin depender de la forma en que se formula el trabajo, la asistencia médica o la formación universitaria o profesional.

Nunca hubiéramos pensando —hace un año solo— que ya no volveríamos a la consulta médica de forma directa, que ahora primero tendremos que pedir hora para que nos atiendan telefónicamente y que solo en muy escasos diagnósticos previos nos terminará visitando presencialmente. 

A partir de esta barbaridad urgente que hemos tenido que admitir, pueden ir surgiendo una gran variedad de servicios hacia las personas que utilizarán los mismos mecanismos de relación.

¿Cuántas funciones de funcionarios se pueden hacer por vía telefónica, online, por email, sin presencia? 

Admitir eso supone también que se acepta muchas otras variables que lo acompañan. ¿Es necesario que el médico que analiza tu problema viva en tu ciudad? ¿Es necesario que siempre sea el mismo, siendo que accede a todo tu historial médico a través de su ordenador? ¿Cuánto tardaremos a que se nos atienda no presencialmente por personas profesionales que se encuentren en países mucho más baratos?

Todos los futuros se edifican sobre sus pasados. 

No partimos de nada, partimos de lo anterior, bien para utilizarlo, o para cambiarlo por otro estado nuevo. Así que de entrada al título de la pregunta de este artículo habría que responder NO. Pero también es cierto que en las últimas décadas nos gusto mucho abominar del pasado —es posible que como siempre en toda la historia de la humanidad— y creer que hay que reinventar algo totalmente distinto que nos haga olvidar ese pasado que nos ha traído este presente que no nos gusta. 

Aunque todo esto lo hagamos desde las cenizas de ese pasado. El odio a lo anterior continúa incluso cuando constatamos que aquello tenía sus partes aceptables y que no hemos sido capaces de mejorarlas.

Destruir nuestro sistema de vida, nuestra economía y Sistema es imposible. Si acaso transformarlo poco a poco. Incluso diríamos que además de imposible, no es recomendable pues eso supondría una hecatombe, una gran revolución. 

Pero hay que añadir también el derecho y capacidad de defensa de lo que deseamos cambiar. Nada ni nadie  que sabe que va a desaparecer pone sencillo el abandono. Y si tiene poder menos todavía. Por ello son muy complicadas las revoluciones totales, y menos todavía que estas sean duraderas.

El poder no se pierde con facilidad, y menos en pocos tiempos. Así que podríamos asistir a unos cambios muy notables, pero nunca a unas transformaciones que no tengan que afianzarse desde el pasado, pues eso no lo consentirían nunca los que ahora ejercen el poder de ese pasado que se quiere cambiar. 

Quien tiene el Poder tiene también una gran capacidad camaleónica de saberse transformar de color y seguir optando al Poder aunque sea con otro traje, otras ideas, otras ganas y formas de estar acompañado.

Las Transiciones siempre son más sencillas y posibles pues se parte de la aceptación de todas las partes, donde todas ellas ganan y todas pierden. O eso creen en el momento. Es la clásica negociación pero a niveles máximos para cambiar “todo”.

Incluso en estos casos…: ¿Desearía una gran parte de la sociedad esos cambios muy potentes o simplemente se conformaría con la promesa de modificaciones y el reconocimiento de errores pasados? 

La seguridad es mucho más que la garantía de un futuro mejor. Y quien tiene que explicar los cambios y los errores lo sabe.

La pandemia nos ha llevado a una situación de necesidad de transformaciones por simple seguridad, pero sin perder la certidumbre y el miedo que todavía conservamos. 

Así que el gran trabajo de todos los que gestionan lo público es mantener la tensión y el miedo y ofrecer cambios que no supongan alimentar más temores sino al contrario, más seguridades. 

Lo de menos es que sean eficaces los cambios, sean creíbles, sean los necesarios. Si no lo son hay que saber venderlos como tal, pues tras un periodo largo de crisis global —en la misma medida en que estamos más cerca de que estalle por encima de ella otra crisis violenta— es muy recomendable evitar más problemas pues llegaría en el peor de los escenarios para la defensa social.

Así que parece lógico suponer que se producirán cambios —algunos profundos— pero no revoluciones, pues aunque hay una gran parte de la sociedad muy cabreada y empobrecida, se van poniendo parches para mantener la cuerda muy tirante pero comprobando en todo momento que su tensión no sea tan fuerte como para que se rompa. 

Si algo falla y al final todo estalla, será culpa de quien controla la tensión de la cuerda que sujeta el Sistema.

Julio M. Puente Mateo

¿Para qué sirve el miedo? ¿Tanto miedo da el miedo?

No hay mayor y mejor herramienta para controlar a las sociedades que el miedo, es un proceso humano, ancestral, animal incluso, por el que puedes dominar a sociedades enteras de forma eficaz y sin violencia. Si logras inocular el miedo, luego puedes aparecer como el salvador, como el que ha gestionado las respuestas y las soluciones. Primero contagias de miedo a las personas, pero gestionado de forma gradual para que no se convierta en desbandada. Luego, una vez que ya has logrado que se entienda el miedo como un problema que tiene solución, debes aparecer como el que domina las gestiones para resolver el problema que has creado.

Es importante que no se note que está creando miedos, sino que se admita de forma positiva que estás informando de que algo grave está sucediendo.

Y es importante que nadie note que a la vez que se informaba de un miedo gestionado y cocinado, se conocían ya las vacunas para poder dominar los problemas en el momento en que se necesitaban.

Lo curioso es que este proceso de miedos y soluciones, que viene utilizándose desde hace muchos siglos, no siempre es bien conocido por los que gestionan las soluciones. Ellos mismos también tienen miedos, y eso es lo importante para que nos creamos todos que el miedo es real. Quien lo debe gestionar se lo debe creer totalmente, pues si no, se nota el trampantojo.

El infierno es un miedo. Pero también lo es la enfermedad, la pobreza, la violencia, la inseguridad, la guerra, el hambre, el futuro, el desamparo social. No todos estos miedos tienen sentido de control social, sobre todo no lo tienen de forma constante. Eso depende de los tiempos. a veces se utilizan unos y a veces otros.

¿Y quién quiere controlar esos miedos para meter miedo? Pues también depende del momento histórico. Digamos que es una herramienta a medio camino entre la nada y la violencia extrema. Y que hay muchos grados de miedos. Saber gestionar los miedos es saber dosificarlos.

Imagínate que te cuentan en un medio de comunicación que las vacas se están volviendo locas, que les entra una inflación en la cabeza. Esa misma nota de prensa hace que se deje de consumir carne en un porcentaje tremendo. Ya no somos libres para comer carne de ternera, por si acaso. No necesitamos contrastar la noticia, no podemos tampoco hacerlo de forma fiel. POR SI ACASO dejamos de hacer algo. 

Entenderemos necesarios los recortes que impidan la venta de carne, la necesidad de cocerla con mascarillas o sin salir de casa, impedir que intercambiemos esa carne con nuestra familia por si los contagiamos será algo que nos ordenan por nuestro bien. Ante el miedo no razonamos, simplemente obedecemos. 

No soy negacionista aunque entiendo que lo parezca. En estos momentos en el mundo hay una pandemia muy grave que nadie sabe hasta dónde puede llegar, incluso analizando este abril mayo de 2021. Los datos de India son tremendo ahora y tampoco hay una seguridad en los motivos de este crecimiento. El miedo también atenaza a los que tienen que gestionar el problema. Con ver algunas intervenciones balbuceantes de algunos políticos se nota claramente que hay mucha responsabilidad contenida en sus palabras.

El miedo les y nos domina. Pero para buscar y encontrar soluciones no nos podemos dejar llevar por el poder de los miedos. ¿Quién los gestiona para hacerlos crecer o dominar, disminuir o modificar? ¿De verdad creemos que nadie? Muchas de las medidas que se han tomado se han decidido con el miedo encima. Y muchas de las pérdidas de tiempo para tomar decisiones, e incluso muchas de las decisiones no tomadas están mediatizadas por el miedo. 

Toda decisión es una selección entre varias posibles decisiones. Si se toma una, se deja de tomar otra. Esto sirve para decidir el tipo de confinamiento, la prioridad de las investigaciones, el crecimiento del Sistema de Salud, la obediencia a la OMS o al Consejo de Europa, el cierre de la Cultura, el Turismo o el Ocio. El tipo de hospitales que somos capaces de construir en 14 mes de pandemia, la terrible decisión de a qué tipo de pacientes se prioriza siempre en contra de otros.

Pero el miedo, mal gestionado cuando es miedo brutal, es la peor herramienta para las soluciones. Sacar a Capitanes Generales a gestionar los miedos es crear más miedos de los negativos. En cambio no sabemos utilizar esos miedos en modo positivo, dándole la vuelta. Un ejemplo.

Si en el pueblo de Tararí de los Bosquejos hay una fiesta de 150 personas, no es necesario poner una multa a 150 personas que nunca van a pagar y que sirve para meter miedo a los que no han acudido a la fiesta. Es más eficaz (creo) hacer un seguimiento brutal de los contagios de esa localidad. Si crecen los contagios y los muertos hay que sacarlos tumbados en los hospitales, hay que acudir a los entierros y entrevistar a las viudas. Y si no hay un aumento de contagios hay que admitir que igual por una fiesta no se aumentan los contagios. 

Tal vez en marzo de 2020, cuando nadie teníamos mascarillas y hoy nos sobran, había que haber obligado a todas las televisiones a emitir un programa de una hora de duración y en máxima audiencia, explicando como cada uno de nosotros en nuestras casas debemos fabricar mascarillas para nosotros mismo y para nuestros amigos y familiares mayores. Era tan sencillo como colgar en web patrones, tutoriales, etc. 

Tal vez en ese mismo tipo de programas obligatorio habría que haber explicado hace muchos meses que "tocar" no es ni de cerca tan peligrosos como respirar sin ventilación. Que no hay que limpiar las suelas de zapato con alcohol sino abrir mucho más las ventanas aunque haga frío, sea en casa, en el autobús urbano o en las escuelas y oficinas. 

Julio M. Puente Mateo