4.12.17

La migración interior transformó mal la España vieja

La transformación de la España de los años 70 venía dada por el propio cambio de las sociedades occidentales que iban transformando las industrias y con ello los servicio a la comunidad. Había llegado la televisión en el año 1956 y eso había abierto ventanas nuevas y posibilidades de ver otras sociedades. Y las personas elegían irse hacia esos nuevos mundos distintos al suyo, fuera rural o de otras zonas de España.

En el verano del año 1972 dejaban de circular los tranvías por Madrid, mientras que en Zaragoza desaparecen todos entre 1975 y 1976. La modernidad tramposa va llegando, para convencernos de que estamos a la altura de cualquier otro país. Pero en muchos países de Europa no se quitan los tranvías, se transforman, se cuidan y amplían. Es un mínimo ejemplo de que las decisiones no son iguales entre países y ciudades a la hora a moverse hacia esa presunta modernidad y cambio.

La dos España quedan a partir de esos años más marcadas que nunca. La España de las ciudades y la España rural. Tanta diferencia que la emigración hacia las urbes es brutal dejando vacío el campo y creando un problema de despoblación del que en algunos territorios ni hemos resuelto ni ya podremos resolver nunca. 

A eso se une que la actividad primaria se transforma, ya no es necesaria tanta mano de obra, los terrenos se agrupan y muchas veces son adquiridos por grandes familias o empresas, desalojando a los habitantes hacia la ciudad.



Entre 1975 y 1981 podemos ver en estos mapas los polos de atracción de la migración interior, ciudades que todos reconocemos. Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza Valladolid, Alicante, La Coruña, Vigo, Pamplona o Bilbao. 

Y puede que nos produzca extrañeza si observamos el mapa de la derecha, que hay zonas claramente receptoras y atractivas para la migración interior (marcados en crema) y no está incluido el País Vasco. Estos territorios tuvieron un auge muy alto antes del año 1975, y bajó notablemente a partir de esta fecha por el fenómeno negativo del terrorismo.

Es curioso comprobar que los movimientos migratorios no siguieron un patrón afín a su propia región o autonomía, y los movimientos siguieron patrones muy diversos.



3.12.17

La Chunta, cuando era Unión Aragonesista

Este cartel de Unión Aragonesista (la actual CHA) es del año 1987 o 1988, y nos muestra el mensaje de la actual Chunta Aragonesista en sus inicios, cuando el Secretario General era Chesús Bernal y se intentaba con ríos de tinta, reflexionar sobre el Aragón que necesitaba levantar la voz para no quedarse totalmente apagado por los gritos de sus vecinos.

Han pasado 30 años de este cartel realizado por el Día de Aragón, sin lemas, tan solo con la idea de mostrar que se estaba otra vez en la calle, reclamando un sitio, un puesto por la dignidad aragonesa.

Decía Chesús Bernal en 1987 en un artículo de prensa, que Unión Aragonesista - Chunta Aragonesista nacía casi 70 años después de haber nacido el movimiento aragonesista en Barcelona. Y este dato cierto es tristemente grave. Aragón lo han amado y cuidado más desde fuera que desde dentro, en periodos críticos de la historia de España. Hoy somos tierra de paso, desierto en vías de dejar de llorar, pero lo era desde hace muchos años antes de que fuera todo inevitable. Los vecinos, algunos, supieron bien arrancarnos lo mejor de nosotros mismos.

Y continuaba diciendo Chesús Bernal: Pero Unión Aragonesista no nace de la nada: bebe fundamentalmente de las esencias aragonesistas y progresistas de los años 20 y 30, postuladas por personas tan significativas como Gaspar Torrente o como Julio Calvo Alfaro, teniendo en cuenta, no obstante, que, desde entonces, han ocurrido muchas cosas en nuestra historia contemporánea.

Queremos defender con gallardía nuestra posición y manifestar que no somos menos que ningún otro pueblo del Estado español. Por eso postulamos una política decididamente aragonesa y aragonesista. en defensa de lo que nos es propio, en defensa de nuestra identidad, de nuestra cultura, de nuestro ser como pueblo, de todas las señas que nos identifican. Y esto ya es hora de que alguien lo diga.

Y ya es hora también de que alguien diga que la política faldera, sumisa y obediente por principio no lleva sino a una “solidaridad” mal entendida que implica el que siempre seamos los mismos los que cedemos, desde el momento en que se consolida un modelo de relaciones e intercambios desiguales.

Ser aragonés es pertenecer a una historia que en algunos de sus capítulos ha sido durante mucho tiempo ocultada, negada, borrada; pero es, además, vivir sobre un suelo, reivindicar un territorio, identificarse y comprometerse para lo mejor y para lo peor con el destino de un lugar geográfico en el que viven unos hombres y unas mujeres a los que reconocemos como nuestros y a los que el devenir histórico y las luchas sociales no les afectan absolutamente del mismo modo que a los de otros territorios.