2.3.26

Robert Duvall, resultón confederado


Mi madre resurge cual ave fénix, después de un invierno muy amargo, sobrevolando una nueva primavera. Su generación artística muere por goteo: Hackman, Redford, ahora Duvall. Los hombres que le gustaban a mí madre podían abarcar insolentes como Walter Matthau, ambiguos en la masculinidad por la vía de Gary Cooper pero ninguno fuera de la categoría “hombre apuesto”.

Mi padre era el navarro medio como su primo lejano Alfredo Landa. Como yo, era un casi guapo sin demasiado porte y su mirada de estrella del cine, puesto que tenía caída de ojos, fue arrasada por las virutas de acero de su mandrinadora. Mira que le dije que se pusiera las gafas que le quedarían como a Gregory Peck en “McArthur” o a Mastroianni en “La Dolce Vita”, pero prefirió arriesgar y quemarse el cristalino. Qué tiempos sin bajas.

Duvall nació en California. Su parecido con el faraón de la nouvelle gauche Mitterrand no engaña: fue parte genética de esa serie de aventureros franceses, cazadores de castores, descendientes de los quebecois o de Luisiana.

Sus tatarabuelos que salieron de Brest apoyaron a la Unión y los WASP estos del vicepresidente Vance en su revolución puritana contra Inglaterra, pues siguieron al marqués Lafayette, y dieron logística con glam a Washington. Su posición e ideales inspiraron esa monumental obra que es “La Revolución en América” del muy conservador Alexis de Tocqueville, lectura imprescindible como las obras de Thoreau para todo joven amante de las intrigas políticas.

Sagas de apellidos y artistas de hugonotes o aventureros franceses en América, que no solo ha vivido de la grandeza artística de las de los judíos austríacos o sicilianos en los Soprano, son las de los banqueros Rotchschild, los Dupont de Nemours químicos, los sucesores del piloto de carreras Louis Chevrolet que fabricaron el “corvette” y todas las de los créole o criollos de origen francés de la salsa tabasco de Louisiana que quedan en los nombres de las ciudades del estado, como la dedicada al general confederado Pierre Beauregard, los fundamentales gobernadores Dupré-Bouvais o la dinastía de los Cartier de Québec con embajada en el bajo Mississippi.

La bella aunque fría Jackie Kennedy, Jacqueline Bouvier, era una atildada aristócrata neoyorquina de familia venida de Montreal.

A todos ellos y a su relamida prole los imaginamos tomando té helado o un blanco frío de Borgoña en los porches de sus haciendas de madera de listones blancos y balcones corridos, que tomarían como modelo al Vieux Carré, barrio Borbón, de Nueva Orleans diseñado por el fundador Le Moyne. En este estilo de ciudad colonial española al que se le incorporaron galerías de herrería que hemos visto tanto junto con bandas sonoras a partir de recrear el estilo musical zydeco –piano o acordeón haciendo frenéticas y barrocas escalas como en la música de Doctor John-.

“Un tranvía llamado deseo” la del personaje de Blanche DuBois que dependía de la amabilidad de los extraños; Kevin Costner en un bar del Barrio francés en JFK o “El Curioso caso de Benjamin Button de Fincher, con Pitt y la australiana Kate Blanchett (blanshéee) fueron rodadas en el corazón cultural francés de Estados Unidos.

En el reparto de ninguna de ellas aparece como actor, y es curioso, este portador del nombre de la saga aristocrática confederada sureña de los Duvall por vía doble, pues su madre descendiente del general Lee: el oscarizado Robert. Cuyo papel descollante para mí es ese en el que borda a otro europeo: al mafioso irlandés y secundario del Padrino, Tom Hagen.

Luego está su soberbia interpretación corta en “Apocalipsis Now” de Coppola. Su personaje es un majara que atraviesa peligros para practicar su pasión por el surf, el teniente coronel Kilgore por el que obtuvo en cuatro ráfagas interpretativas un merecidísimo “Globo de Oro”. No era fácil proferir, pero tiró de sadismo criollo, la frase.. “Nada en el mundo huele así. I love the smell of napalm in the morning"



Duvall con su vis de aristócrata austero (la contraria justo a Malkovich que tanto ha interpretado-jugado a franceses), el certero actor contenido de la fría escuela del Cardenal Richelieu, oficiaba sus papeles lento pero eficaz, con un freno de mano y mirada que rebelaba lo que la humanidad no quiere saber y, de pasar pantalla, quiere negar sobre ella misma. La vida fuera de los programas y los mandos, en el alambre pero con educación irónica, el destino sin control humano. Derrotar sin compasión pero con soberbia, bordar el papel de un racista con cimientos.

Me duele su pérdida como la de Hackman, pues me recordaban que cada uno de nosotros contribuimos a nuestras tragedias porque caemos en las manos de los dispensadores en la tierra de la arbitrariedad divina. Nada de ausentarse de ello como practica la escuela británica de actores menos el genial Gary Oldman, de la escuela de estos dos.

Arde Irán, Duvall ya se lo imaginaría. El cine tendrá que prescindir de él como actor del personaje de quienes hayan urdido la pasión según San Pahlevi. Nos deja con su cara y pose de embaucador honesto, de soldado de segunda línea, nunca moralizador, de su bajo Mississippi. El blues le gustaba tirando a poco a este dominador de todos los politeísmos, al profeta de que la ley y la justicia no han pasado mucho de la ley del Talión ni del baño de sangre de los sans culottes a sus primos de Francia.

Es un genio que todo esto lo expresó con un rictus, siendo calvo y relativamente agraciado aunque siempre apuesto. El mejor para tomarte una botella de bourbon sin aspaventar.

Savoir être et savoir faire.

02.03 Luis Iribarren

1.3.26

Irán, Israel y los EEUU. Otro lío


Intentar explicar (y entender) lo que está sucediendo entre Irán, Israel y los EEUU no es nada sencillo. O sí. El poderoso quiere doblegar el mundo entero para que este sea como él quiere y para su beneficio. 

Este tipo de procesos ya se dio en la antigüedad, en la historia de la humanidad, y en varias ocasiones. 

Sabíamos que los EEUU iban a atacar Irán desde hace semanas. Lo sabían también en Irán, o lo deberían haber sabido. Así que resulta más sorprendente que los ataques sean tan certeros como para matar a toda la familia del Líder del país atacado en las primeras 12 horas. 

Creo que todo es la suma de una sarta de mentiras, o como poco de medias verdades. Lo que quiero decir con esto, es que el teatro en la política funciona muy bien y se utiliza mucho. 

¿Dónde están esos armamentos muy sofisticados del atacado, tan bonitos en los desfiles, si no sirven para defender al Líder Único y a su familia, la integridad de su país? 

¿Es mucho más sencillo matar a 30.000 manifestantes, que defender a tu familia, tu religión y tus ideas dictatoriales? ¡¡Uff!! Qué torpes somos.

¿O eran de cartón piedra? por cierto, el Líder Único era un enviado de Dios, y me parece que tampoco estuvo fino para defender a su representado en la Tierra.

El mundo no es tan sencillo que parece. Que Irán no tenga manera de poderse defender es sintomático de que en algo nos mienten. Y no quiero seguir dando pistas.

Lo cierto es que de momento varios centenares de civiles, niñas en un número mayor a las 150 en una escuela, han pagado las torpezas de unos y de otros.

Irán es un país dictatorial. Muy dictatorial diría mejor. 

Pero el mundo está hundiéndose por la falta de organismos con respeto. El más chulo de la Clase, manda incluso contra el Director del colegio, y así no es posible aprender nada. 

La pregunta no es tanto qué va a suceder con Irán y sus vecinos de territorios, sino dudar sobre que será lo próximo. 

En las guerras no es tan importante quien gana o quien pierde, como quien es el que no puede perder. 

Cuando ya se sabe quien es el que no puede perder, podemos diseñar con poco error la estrategia de futuro de esa guerra. 

Y nos equivocaremos poco en sus desenlaces, lo que debería servir para construir la paz imposible.