3.3.26

Reflexiones sobre Irán

El mundo tiembla ante una guerra que no parece corta, en donde la multiplicación o contagio hacia países vecinos, hace temer que tengan que finalmente intervenir otros países más lejanos. 

Hoy existe silencio en grande países militares, silencio obligado por las circunstancias del momento bélico. pero en una guerra a medio plazo, tendrán que intervenir. Hablo de China, Rusia, Turquía, India y Europa.

Tendríamos que poner en contexto qué es Irán, para repensar todo el problema en su tamaño. Es un país con algo más de 100 millones de iraníes —entre los 93 del interior y cerca de 10 en el exterior— y un tamaño como país de unas tres veces España. En tamaño para tener una ideas es mayor a la suma de Portugal, España, Francia e Italia.

Solo la capital tienen más de 9 millones de habitantes. Más que toda Andalucía. Estos números lo pongo encima de la mesa para entender que es un territorio grande, un país complejo, en donde los posibles soldados de invasión, la tropa militar de cualquier otro país, no tiene posibilidades de éxito sin grandes masacres.

Un país con siete fronteras terrestres con diversos países y muy dividido por cadenas montañosas que lo trocean en bloques casi imposibles de invadir. 

La guerra de bloqueo, de bombardeos constantes, de intentos de sublevación interior, es la única posible a medio plazo. Y eso lo saben bien desde Israel o los EEUU, que tienen suficientes asesores dentro y fuera de Irán.

Y la pregunta es fácil. Irán no va a ganar, pero… ¿y si no pierde? 

Su economía sí es capaz de aguantar tiempos malos, pues su sociedad ya está acostumbrada a los sacrificios. La explosión interior parece complicada y además sin un horizonte sencillo para construir una alternativa fácil.

Incluso cayendo destruido su enorme poder religioso, quedaría un poder militar que sería complejo de mantenerlo callado y doblegado, ante su enemigo vecino Israel. 

Las dos próximas semanas serán decisivas en entender hacia dónde camina este conflicto. Pasados esos días, será inevitable pensar en un conflicto de como poco bastantes meses y de compleja solución, por mucho que se machaquen sistemas de defensa aérea

Es un país que no se puede invadir, y que por ello su cambio importante solo puede venir desde la implosión de lo que ya existe.


2.3.26

Robert Duvall, resultón confederado


Mi madre resurge cual ave fénix, después de un invierno muy amargo, sobrevolando una nueva primavera. Su generación artística muere por goteo: Hackman, Redford, ahora Duvall. Los hombres que le gustaban a mí madre podían abarcar insolentes como Walter Matthau, ambiguos en la masculinidad por la vía de Gary Cooper pero ninguno fuera de la categoría “hombre apuesto”.

Mi padre era el navarro medio como su primo lejano Alfredo Landa. Como yo, era un casi guapo sin demasiado porte y su mirada de estrella del cine, puesto que tenía caída de ojos, fue arrasada por las virutas de acero de su mandrinadora. Mira que le dije que se pusiera las gafas que le quedarían como a Gregory Peck en “McArthur” o a Mastroianni en “La Dolce Vita”, pero prefirió arriesgar y quemarse el cristalino. Qué tiempos sin bajas.

Duvall nació en California. Su parecido con el faraón de la nouvelle gauche Mitterrand no engaña: fue parte genética de esa serie de aventureros franceses, cazadores de castores, descendientes de los quebecois o de Luisiana.

Sus tatarabuelos que salieron de Brest apoyaron a la Unión y los WASP estos del vicepresidente Vance en su revolución puritana contra Inglaterra, pues siguieron al marqués Lafayette, y dieron logística con glam a Washington. Su posición e ideales inspiraron esa monumental obra que es “La Revolución en América” del muy conservador Alexis de Tocqueville, lectura imprescindible como las obras de Thoreau para todo joven amante de las intrigas políticas.

Sagas de apellidos y artistas de hugonotes o aventureros franceses en América, que no solo ha vivido de la grandeza artística de las de los judíos austríacos o sicilianos en los Soprano, son las de los banqueros Rotchschild, los Dupont de Nemours químicos, los sucesores del piloto de carreras Louis Chevrolet que fabricaron el “corvette” y todas las de los créole o criollos de origen francés de la salsa tabasco de Louisiana que quedan en los nombres de las ciudades del estado, como la dedicada al general confederado Pierre Beauregard, los fundamentales gobernadores Dupré-Bouvais o la dinastía de los Cartier de Québec con embajada en el bajo Mississippi.

La bella aunque fría Jackie Kennedy, Jacqueline Bouvier, era una atildada aristócrata neoyorquina de familia venida de Montreal.

A todos ellos y a su relamida prole los imaginamos tomando té helado o un blanco frío de Borgoña en los porches de sus haciendas de madera de listones blancos y balcones corridos, que tomarían como modelo al Vieux Carré, barrio Borbón, de Nueva Orleans diseñado por el fundador Le Moyne. En este estilo de ciudad colonial española al que se le incorporaron galerías de herrería que hemos visto tanto junto con bandas sonoras a partir de recrear el estilo musical zydeco –piano o acordeón haciendo frenéticas y barrocas escalas como en la música de Doctor John-.

“Un tranvía llamado deseo” la del personaje de Blanche DuBois que dependía de la amabilidad de los extraños; Kevin Costner en un bar del Barrio francés en JFK o “El Curioso caso de Benjamin Button de Fincher, con Pitt y la australiana Kate Blanchett (blanshéee) fueron rodadas en el corazón cultural francés de Estados Unidos.

En el reparto de ninguna de ellas aparece como actor, y es curioso, este portador del nombre de la saga aristocrática confederada sureña de los Duvall por vía doble, pues su madre descendiente del general Lee: el oscarizado Robert. Cuyo papel descollante para mí es ese en el que borda a otro europeo: al mafioso irlandés y secundario del Padrino, Tom Hagen.

Luego está su soberbia interpretación corta en “Apocalipsis Now” de Coppola. Su personaje es un majara que atraviesa peligros para practicar su pasión por el surf, el teniente coronel Kilgore por el que obtuvo en cuatro ráfagas interpretativas un merecidísimo “Globo de Oro”. No era fácil proferir, pero tiró de sadismo criollo, la frase.. “Nada en el mundo huele así. I love the smell of napalm in the morning"



Duvall con su vis de aristócrata austero (la contraria justo a Malkovich que tanto ha interpretado-jugado a franceses), el certero actor contenido de la fría escuela del Cardenal Richelieu, oficiaba sus papeles lento pero eficaz, con un freno de mano y mirada que rebelaba lo que la humanidad no quiere saber y, de pasar pantalla, quiere negar sobre ella misma. La vida fuera de los programas y los mandos, en el alambre pero con educación irónica, el destino sin control humano. Derrotar sin compasión pero con soberbia, bordar el papel de un racista con cimientos.

Me duele su pérdida como la de Hackman, pues me recordaban que cada uno de nosotros contribuimos a nuestras tragedias porque caemos en las manos de los dispensadores en la tierra de la arbitrariedad divina. Nada de ausentarse de ello como practica la escuela británica de actores menos el genial Gary Oldman, de la escuela de estos dos.

Arde Irán, Duvall ya se lo imaginaría. El cine tendrá que prescindir de él como actor del personaje de quienes hayan urdido la pasión según San Pahlevi. Nos deja con su cara y pose de embaucador honesto, de soldado de segunda línea, nunca moralizador, de su bajo Mississippi. El blues le gustaba tirando a poco a este dominador de todos los politeísmos, al profeta de que la ley y la justicia no han pasado mucho de la ley del Talión ni del baño de sangre de los sans culottes a sus primos de Francia.

Es un genio que todo esto lo expresó con un rictus, siendo calvo y relativamente agraciado aunque siempre apuesto. El mejor para tomarte una botella de bourbon sin aspaventar.

Savoir être et savoir faire.

02.03 Luis Iribarren