4.4.25

El muflón estepario en Aragón


Mi generación recuerda todavía la fiebre en los góticos años ochenta que llegó hasta a conversaciones de bar por la poesía de Pessoa, el teatro de Brecht sobre representado, la filosofía del mayo del 68 —Escuela de Frankfurt de Adorno, de la que me quedó que la abstracción viene siempre de algo, que entiendo desde entonces son mis prejuicios—, el revival español ochentero tardío de la cultura hippie y sus acosadores babosos —los viajes a Katmandú ya tarde— y la pasión por las obras de Fromm y Hesse, por “El lobo estepario”.

Todo el mundo que se movía en ámbitos universitarios de letras —ese deje de sobradillo de Pablo Iglesias, de primero de su clase— decía que lo había leído, como el Capital, el Ulises de Joyce o a Machado. Cuando la sesera a los 20 años, y las vivencias, te dan si vienes de una casa sin libros como máximo para entender y disfrutar de Eduardo Mendoza.

Pero entonces reír mucho no era cool, tanto que para el baby boom han tenido que crearse talleres de risoterapia (veníamos de que te la pusiera floja una hostia de tu abuela si no querías comer col veinte días seguidos en invierno).

En los tiempos del post punk estaba de moda aparentar ser leído y torturado —tortuoso e intenso, dicho de otro modo—. Cuando a la generación millenial de los 90 les ha tocado por decreto ser hedonista, softy, bienquedas y “disfrutona” (¿eso es desentendida de cualquier obligación que te joda la vida, pequeña o grande?) y a la generación yeyé anterior a la mía… ser de la parroquia, clubes de montaña y asociaciones. No sería preocupante si no es porque nos hemos quedado allí.

En la lucha de clases, pero de EGB, que ha impregnado a la sociedad de recalcitrantes post franquistas heredando abrigo austríaco que le endilgan hasta a sus hijas adoptadas de ojos rasgados o en el rollo que estos otros llaman perroflauta. Como de herederos de la estética yonqui de barrio de película de De la Iglesia y todo lo más poligonera. Con cierto personal de cada generación huyendo hacia ciertas cumbres borrascosas del dandismo, lleven chándal o botas de punta. Para ser rockabilly hay que invertir, lo llamo yo. Es como que te receten ser emprendedor cuando has vivido a tu padre en el paro (el avalista).

El libro de Hesse de feliz título nos presenta a un personaje solitario en sociedad, una continuación de aquel hombre sin atributos, sumido en la masa pero a gusto, de su tío abuelo intelectual Musil

Aborda el jazz y otras terapias ocupacionales, donde ha caído toda la patulea urbana, como sustitutivos de la fe y el desencaje laboral y personal: el fin de la familia y las sociedades rurales narrado en pleno auge del superhombre nazi que, al menos, cuestiona. En un viaje igual de brahmán: porque meditar o comer sano se hace cuando se puede, cuando se tiene una base económica –y una cultura para saberlo apreciar-.

No cuando eres un verdadero hijo de la estepa, pero en forma de oveja rasa esteparia. O un pastor ibero pirenaico sumido en una vida social limitada a vender tus corderos, vivir por tradición e instinto, completamente al margen por definición de cualquier sistema.

De los pueblos nómadas indoeuropeos trasladados por hambrunas provocadas por heladas o erupciones de volcanes y sus oleadas viene la domesticación del muflón, la oveja rasa, la monta a caballo para dominarlo y desde él a la morralla humana (la calle principal de cada ciudad aragonesa era "Caballeros", y convertir a los lobos esteparios en mastines sedentarios. El establecimiento de colonias que sabían usar el cobre y hierro para usos ganaderos en la falda sur del Pirineo, su llegada al universo celtíbero del Sistema Central norte, con buenos pastos soleados de invierno.

De esos troncos salimos todos los aragoneses con ojos multicolores, hijos de la mezcla, rubios con cabezas redondas, otros con miradas penetrantes o almendradas… no he conocido a ninguno que no lance una mirada cariñosa a un perro pastor ni una piadosa a un pequeño animal, un muflón ceremonial o cabra hispánica, que por desgracia toca sacrificar. Para no hacerlo unos contra otros.

La oveja se domesticó en Irán y Mesopotamia, alimentó a los pueblos nómadas celtas, hunos o arios que bajaron a India con su leche, leche cuajada y queso y, menos de lo que suponemos, su carne. Reservada a sacrificios casi ceremoniales. Si alguien te ha de joder, tu oveja no va a ser.

En la cultura griega clásica se empezó a poner nombres a las ovejas (inicio de la literatura bucólica y pastoril en las faldas del Olimpo), el queso curado con miel fue la principal base de proteínas de los legionarios romanos como el avance del reino de Aragón hacia el sur más que una guerra santa, fue para garantizarse en propiedad por los reconquistadores francos los pastos del páramo de Zaragoza. Es decir, se garantizaron las rutas de trashumancia de sus antepasados celtas.

La empresa más antigua de Europa vigente se llama “Casa de Ganaderos de Zaragoza”, la condición pastoril nos hermana a los pirenaicos con las gentes del Cáucaso, sucesores de los incas que crían llamas o los pastores de yak del Tíbet en un lenguaje universal, conservador e individualista. Aunque sea propietario o por eso mismo, sé pasar los días agradecido en una mallata o en una yurta. Y mi suerte puede cambiar ante cualquier tormenta, y partirme un rayo.

Eso representa cada bocado de ternasco que te llevas a la boca. Mi conexión divina, y cómo no la vuestra.

04.04. Luis Iribarren